Por Germán Martínez-Calderón.

Como muy pocas regiones chilenas, Ñuble es una tierra de contrastes donde las viejas tradiciones coexisten junto a los ritos del mundo moderno. Aquí, la internacionalmente famosa empanada chilena aún se cocina en hornos de barro, la cueca mantiene su abolengo y picardía y la trilla todavía se efectúa como antaño: a grito limpio y a yegua suelta, uniendo a la familia campesina en torno al pan amasado, la cazuela y el delirante y rojo vino.

“¡Ay, qué manera de caer hacia arriba y de ser sempiterna, esta mujer! De cielo en cielo corre o nada o canta la violeta terrestre: la que fue, sigue siendo, pero esta mujer sola en su ascensión no sube solitaria: la acompaña la luz del toronjil, del oro ensortijado de la cebolla frita, la acompañan los pájaros mejores, la acompaña Chillán en movimiento”. 

Pablo Neruda. Premio Nobel de Literatura 1971.

Hija de esta tierra y heredera de sus tradiciones es Violeta Parra, terriblemente chilena y, sin embargo, tan parecida a la más auténtica campesina de los andes venezolanos, de Perú de Ecuador, de Bolivia. Rescató para el arte y para la poesía su razón más profunda de existir; “no ser un producto de consumo, de compra y venta, sino ser un elemento con función propia dentro de la sociedad. Como Píndaro, como Homero, como los juglares, ella recoge el saber de un pueblo, lo comunica y los hace trascender” sostiene Juan Andrés Piña, en su libro “Violeta Parra: 21 son los dolores”. 

Amanecer 

“Cuando naciste, fuiste bautizada como Violeta Parra. El sacerdote levantó las uvas sobre tu frente y dijo: ‘parra eres y en vino triste te convertirás’. En vino alegre, en pícara alegría, en barro popular, en canto llano. Santa Violeta, tú te convertiste en guitarra con hojas que relucen al brillo de la luna, en ciruela salvaje transformada, en pueblo verdadero, en paloma del campo, en alcancía”.

Quizás no haya mejor retrato que esta semblanza que hace Pablo Neruda de Violeta, quien debió recorrer un largo y tormentoso camino desde su infancia. “Me sobrenombran maleza porque parezco un espanto. La peste es un gran delito para quien tiene su huella”, se quejaba. Pero esta peculiaridad, que hacía fruncir el ceño a unos y compadecerla a otros, la suple con una habilidad temprana para cantar, tocar la guitarra y hacer singulares bordados.

Su niñez transcurre en un hogar donde lo que predominaban eran los sobresaltos.  Once hijos eran demasiadas bocas que alimentar y el jefe de familia se marchó a la eternidad cuando ella tenía sólo doce años de edad. “No existe empeño ni oficio que yo no lo haiga ensaya‘o, después que mi taita ama ‘o termina su sacrificio. Y qué iba a hacer mi mamita con tanto pollo piando, el mayorcito estudiando las ciencias matemáticas”. 

Mediodía  

La existencia de Violeta está llena de partidas. Voluntariosa, como era, nunca miraba hacia atrás ni se detenía a pensar en las consecuencias que podían acarrear sus actos. “Salí de mi casa un día pa’ nunca retroceder; preciso dar a entender que lo hice a l’amanecida. En fuga no hay despedida, ninguno lo sospechó, y si alguien por mí lloró no quise causar un mal. Me vine a la capital por orden de Nicanor”. 

Ya instalada en Santiago inicia una etapa que será decisiva para su carrera. Obviamente este momento no será nada fácil ya que le tocará vivir en carne propia lo que conoció de cerca en su hogar. “Ayer, buscando trabajo, llamé a una puerta de fierro. Como si yo fuera un perro me miran de arriba’ abajo. Con promesas a destajo me han hecho volver cien veces, como si gusto les diese al verme solicitar. Muy caro me hacen pagar el pan que me pertenece”.  

Empujada por la adversidad, Violeta decide ganarse el sustento guitarra en manos. Durante mucho tiempo deambuló de bar en bar, de boliche en boliche, cantando a dúo con su hermana Hilda temas mexicanos, valses y cuecas que estaban de moda en esos años y que el público de esos recintos -hombres y mujeres de dudosa reputación- pedía.

“Salta entonces de un campo a otro, grabadora en mano, comiendo charqui de caballo porque no tenía para otros gastos. Amanece en los socavones de las minas, en las más humildes caletas de mar, se mezcla con los campesinos, con los textiles, los artesanos, los metalúrgicos y los madereros. Los encuentra metidos en sus trabajos, y comparte con ellos adivinando, comprobando sus experiencias, sus alegrías”.

Alfonso Alcalde en su libro “Toda Violeta Parra”.

Violeta Parra, en aquel entonces, no se diferenciaba mucho de la gran cantidad de cantoras que pululaban por la larga y angosta geografía chilena en sendos sitios y en iguales condiciones. Tampoco tenía conciencia de lo que cantaba ni de la rica tradición que algunas de esas canciones contenían.

Cansada de esa vida y siguiendo el consejo de su hermano Nicanor se entrega de lleno a la tarea de recorrer Chile de un extremo a otro, rescatando canciones ya casi olvidadas. “Salta entonces de un campo a otro, grabadora en mano, comiendo charqui de caballo porque no tenía para otros gastos. Amanece en los socavones de las minas, en las más humildes caletas de mar, se mezcla con los campesinos, con los textiles, los artesanos, los metalúrgicos y los madereros. Los encuentra metidos en sus trabajos, y comparte con ellos adivinando, comprobando sus experiencias, sus alegrías”, relata Alfonso Alcalde en su libro “Toda Violeta Parra”.

Había cientos de historia dispersas que Violeta va recogiendo cuidadosamente, juntándolas en un gran friso que más tarde quiso ser su Gran Sinfonía Folclórica, como la médula del pueblo hecha canción. 

Es en ese momento cuando aparece la verdadera Violeta ya que en su función de recopiladora de lo más ancestral del saber popular se convierte en la expresión más auténtica del campesino chileno, y como su canto y su arte se vistieron de universalidad, se transforma a la vez en la voz más genuina del ser latinoamericano.

De aquí en adelante nada la detiene. Trabajadora incansable como era, funda el Museo Folclórico de la Universidad de Concepción, promueve grupos musicales y junto a su labor de recopiladora cultiva otra, tanto o más importante, la de creadora. El pueblo la reconoce y la defiende porque sentía que en el verso que emergía de su voz casi gutural estaban reflejadas sus luchas, sus dolores, toda una existencia que a veces rayaba en el oprobio.  

Pero todavía faltaba mucho tiempo para que el status la reconociera. “Yo canto a la diferencia que hay de lo cierto a lo falso de lo contrario no canto”, argumentaba ella. Esta posición ante la vida era una insolencia para los gestores culturales del Chile de su época, tanto más cuanto sus orígenes eran netamente campesinos.

El folclor que tenía difusión y promoción, tanto nacional como internacionalmente era, como es de suponer, el amparado por el sector oficial, razón por la cual la obra de Violeta Parra estuvo relegada por décadas a un segundo plano.

¿Acaso no fue necesario que ella, la visionaria, recorriera medio mundo cosechando aplausos, cantara en el gran Anfiteatro de La Sorbona, y llegara con su arte y su bandera a ser el primer artista latinoamericano que expuso individualmente en el Museo del Louvre de Paris, para que en su Patria fuera aceptada por completo? 

Puesta de Sol  

Una mañana de febrero Violeta se sentó en medio de la gran carpa donde cada noche recibía el aplauso de su público y se puso a desandar caminos. Posiblemente recordó su infancia de campesina pobre, sus desventurados amores, sus inicios como cantora cuando le daban con la puerta en las narices. Seguramente sonrió al recordar el día que pasó frente al Museo del Louvre, en la capital francesa, y se dijo: “en esa casita tan linda tengo que mostrar mis creaciones, ahí, en ningún otro sitio”. Probablemente vinieron a su memoria todos los elogios que la crítica europea dispensó a sus arpilleras, a sus esculturas de alambre; las mismas que en su Patria fueron ignoradas. Esa mañana de febrero, era la misma Violeta que años atrás, cuando cantaba en L´Scale del Barrio Latino de Paris, no dudaba en lanzarle una maraca a la cabeza a quien no respetara su norma del silencio. 

Pero algo se había roto en el corazón de la Violeta silvestre. Y esa mañana del cinco de febrero se fue igual como vivió: amando, desconcertando a medio mundo como era su costumbre, dejando un legado cultural invalorable. Partió con su larga cabellera al viento, con la mirada perdida entre tantos sueños realizados y con la certeza de haberle abierto al folclor latinoamericano un camino nuevo para que sirviera como arma de denuncia, como punta de lanza en la lucha de los pueblos por conquistar su libertad. 

Su cabeza quedó reclinada sobre su guitarra llena de música, y el hilillo de sangre que brotaba de su sien, caía sobre las cuerdas como las gotas de lluvia que, después del temporal, caen sobre la tierra y la hacen germinar.


Currículum del Columnista

Germán Martínez-Calderón. Es periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela, docente de las cátedras de Lenguaje y Comunicación, historiador, escritor y poeta. También es especialista en medios audiovisuales, corresponsal de guerra y es el único periodista extranjero que ha obtenido el Premio Nacional de Periodismo en Venezuela.

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