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Un testigo de excepción del gran terremoto de Chile

Eran las seis y dos minutos de la mañana del 21 de mayo de 1960. Un terremoto de 8.1 de magnitud, con epicentro cerca de la ciudad de Cañete, azotaba el sur de Chile. Temblando de frío y de miedo la claridad del día nos enrostró la magnitud de la tragedia.

Era una fría madrugada de un sábado de mayo. Cual un caballo chúcaro la tierra corcovea. Una a una empiezan a caer las paredes de adobe de mi casa y mi madre me arranca literalmente de la cama, al tiempo que un muro se derrumba sobre ella. Rodamos piso abajo y quedamos atrapados bajo un impávido catre de bronce. Era el preludio de una serie de eventos sísmicos que terminaron con el gran terremoto de Valdivia.

Sesenta años después, todavía retumban en mi mente las voces agoreras: “Salgan, salgan, que la casa se está cayendo”. Lejanas, intermitentes, dilatadas, habitan aún en mi memoria esas palabras. “Como si no lo estuviésemos viviendo”, murmuraba mi madre en esa hora ciega.
Como en cámara lenta, recuerdo que nos pusimos de pie y corrimos a zancadas hacia la puerta de la calle. Pero una insigne y fornida máquina de coser Singer se nos atravesó de frente y nos lanzó hacia el centro de un canasto lleno de ropa, atestado de miedos, desbordado de impotencia.

Eran las seis y dos minutos de la mañana del 21 de mayo de 1960. Un terremoto de 8.1 de magnitud, con epicentro cerca de la ciudad de Cañete, azotaba el sur de Chile. Temblando de frío y de miedo la claridad del día nos enrostró la magnitud de la tragedia. Como en la cita bíblica, el polvo volvió al polvo y de nuestra antigua casona chillaneja -llena de corredores, fantasmas y misterios-, solo quedaron recuerdos.

La madrugada del 22 de Mayo

En solo 35 segundos, un tercio de las edificaciones de Concepción se derrumbaron, mientras que en Chillán el 20 por ciento de las viviendas quedaron en el suelo. Talcahuano, Lebu, Cañete, Los Ángeles y Angol, también vivieron en carne propia el azote de la naturaleza.

Cuando el sueño venció al ojo que manteníamos abierto, un nuevo terremoto revivió nuestro miedo y convirtió en pesadilla la madrugada del 22 de mayo de 1960.
En solo 35 segundos, un tercio de las edificaciones de Concepción se derrumbaron, mientras que en Chillán el 20 por ciento de las viviendas quedaron en el suelo. (Memoria Chilena)

La noche siguiente la pasamos en vela. Nos acurrucamos en una improvisada carpa levantada a los pies de dos enormes álamos que, para mis cinco años de vida, extendían hasta el cielo su señorial geometría.

Cuando el sueño venció al ojo que manteníamos abierto, un nuevo terremoto revivió nuestro miedo y convirtió en pesadilla la madrugada del 22 de mayo de 1960. Eran los 6 y 30 minutos de la mañana.

Con ese estoicismo que caracteriza a las mujeres chillanejas, mi madre me dijo: “no te asustes, mijo, es solo una réplica más”, y se levantó presurosa a amasar el pan para el desayuno. Con los años supe que ella también temblaba de miedo.

Enjambre sísmico

Pero el enjambre sísmico, como le llamaba mi abuela a la seguidilla de temblores, aún no había terminado. Ocho horas después, a las 14:56 minutos de la tarde, un nuevo sacudón de 7.8 grados, volvió a estremecer la tierra y a constreñir nuevamente nuestros afligidos corazones.

Tras el susto, juntos a mis primos acomodamos el fogón en el cual mi madre y su hermana preparaban un almuerzo comunitario. Pero justo cuando empezaban a servir la comida, a las 15:11 horas de la tarde de ese domingo 22 de mayo de 1960, un ruido subterráneo y aterrador precedió a un mega terremoto de 9.5 grados de magnitud, que durante 10 minutos sacudió al centro y sur de Chile.

“Temblando de frío y de miedo la claridad del día nos enrostró la magnitud de la tragedia. Como en la cita bíblica, el polvo volvió al polvo y de nuestra antigua casona chillaneja -llena de corredores, fantasmas y misterios-, solo quedaron recuerdos”.


Germán Martínez-Calderón.

Las gallinas corrían, chocaban entre ellas y caían vueltas de carnero. Los perros aullaban como lobos mientras las mujeres mayores musitaban bajito: “piedad Señor, piedad”. En mi casa nada quedó en pie; solo polvo sobre el polvo y una sinfonía de sollozos que se repetía como un eco por las calles vecinas de Chillán.

La ciudad de Valdivia y sus alrededores fueron los más afectados. Las casas se derrumbaban como naipes y los ríos salían de sus cauces por doquier. Solo quince minutos después las zonas costeras fueron arrasadas por un maremoto con olas de hasta 10 metros de altura.

El tsunami que llegó a Hawaii
La onda expansiva del tsunami llegó a las costas de Hawaii, a más de 10 mil kilómetros del epicentro.

Inmediatamente la onda expansiva del tsunami empezó a recorrer el océano Pacífico. Quince horas después ya había llegado a las costas de Hawái, a más de 10 mil kilómetros del epicentro, y siguió su ruta de destrucción y muerte dejando en Japón más un centenar de fallecidos.

El mega terremoto de Valdivia, el más potente registrado instrumentalmente en la historia de la humanidad, dejó 2 mil 300 personas fallecidas y más de 2 millones sin hogar. Este fenómeno telúrico se sintió en todos los continentes, movió el eje de la Tierra tres centímetros y atravesó el núcleo terrestre.

Estudios realizados a la luz de las nuevas tecnologías, sostienen que en realidad se trató de una sucesión de más de 37 terremotos, cuyos epicentros se extendieron a lo largo de 1.350 kilómetros, devastando más de 400 mil kilómetros cuadrados del territorio chileno.
Desde el año 333 de nuestra era se cree que se han registrado diez mega terremotos de magnitud mayor a 9. Los científicos afirman que estos cataclismos tienen un ciclo de 300 años.


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